Nada más arduo que juzgar públicamente a un poeta.
O, para ser más exacto, definir las causas por las que una
obra poética nos resulta grata o prescindible. El placer del
poema para su receptor es fundamentalmente algo que se
percibe por intuición y que apenas admite el razonamiento.
Ante un poemario la primera cuestión es pararse con
Machado a distinguir si se trata de una voz o de un eco.
Porque hay, siempre ha habido, demasiados ecos. Y reafirmar
con Vallejo que lo importante es percibir que los versos
recogen ?un timbre humano, un latido vital y sincero?,
tras lo cual ?no importan los menesteres del estilo?.
Pues bien, lo primero que cabe afirmar ante los poemas
de Rocío Oviedo es que emanan, con certeza, de una
voz, y que se da en ellos tal timbre y tal latido. Rocío Oviedo
es, por otra parte, con toda seguridad, vallejiana, uno de
esos numerosos ?nietos de Vallejo? de los que hablaba
Mario Benedetti (¿Y quién que es no es machadiano?), y
los que conocemos de cerca su empeño permanente de
desentrañar la poesía del peruano en el medio universitario,
sabemos bien en qué forma conjunta adhesión emocional
y saberes académicos. Sin embargo, puesto que es
una voz, queda dicho que nadie, ni el gran mestizo de Santiago
de Chuco, podría llamarla su discípula.
Una honda sensibilidad humana se vierte ?y esto es lo
esencial, porque la poesía nace del sentimiento pero sólo
vive en la palabra? en un sistema de imágenes extrañamente
fluido. En las dos terceras partes de estos poemas aparece
un curioso bestiario: gatos vanidosos, destructor gato negro,
un perezoso, peces abisales, animales en celo, otros
inmensos, caballos verdinegros, mariposas de invierno o
mariposas blancas, buitres del desaliento, tigres y perros
con alarmantes fauces, un gavilán lírico, dos dragones nocturnos,
palomas y luciérnagas mensajeras de Dios, un vencejo
obstinado, coléricos caballos, insectos en la arena,
insectos engañados, yeguas desorientadas, un pájaro que
se ahorca en los alambres? No era mi intención inventariarlos,
pero lo he hecho, al vuelo, porque sólo este aspecto
requeriría un estudio pormenorizado a la usanza de la
antigua y hermosa estilística: en su mayor parte son inquietantes,
se diría que son objetivaciones que responden
a pulsiones anímicas de quien camina por un mundo de
acechos, de fugas, de perplejidades. Hay en suma mucha
soledad sobresaltada en este recorrido que desemboca frecuentemente
en lo cósmico, en una incesante búsqueda.
Se percibe en este entramado el decir de una viajera,
de alguien que cruza, desalentada, la dantesca selva oscura,
que escucha , sin poder concertarlas, las correspondencias
del bosque baudelairiano, que aspira a interpretar
la música de las esferas pitagóricas, y para decirlo
sencillamente, persigue la quimérica e irrenunciable empresa
de aprehender a Dios o, lo que es lo mismo, al amor.
Todos los versos corresponden al registro existencial. Van,
en efecto, ?Al encuentro? y huelga decir más; forman parte,
al mismo tiempo, en una subjetividad compartida, de los
gemidos de quienes caminan ?locos por auscultar el latido
de la armonía? , porque, con fascinante espontaneidad,
el nosotros , se inserta en el yo , siendo éste tan intenso. El
nosotros de los contrahechos por ?un descuido en la noche
del universo?.
Estas palabras llenas de preguntas, escritas desde el
misterio de lo abisal, en el rechazable, por engañoso, contexto
desdramatizador ??selva lavada?, ?libertad prostituida?,
?columna apagada del mármol?? emanadas de un
?alma acosada de cuerpo?, nerudianamente diseminada,
barajada como una cantidad, agonizada , se ordena en líneas
y estructuras que tienen una inevitable apetencia de
canto. ¿Qué poeta no trata, reconózcalo o no, de recuperar
el lenguaje del paraíso?, ¿quién puede escapar, en el
fondo, a ser inevitablemente sacerdotal, litúrgico, incluidos
aquellos que buscan navegar en la contrapoesía?. Pero
de ahí puede derivarse algo doloroso porque cantar es
ascender y ser otra vez Ícaro. Sucede en la evolución poética
de quien, como Rocío Oviedo, no puede menos de pedir
excusas por su legítima, desmedida, ambición: ?Disculpad
con una sonrisa/ mi afán de elevarme a las estrellas?; de
quien anhela un mundo original donde la palabra mantenga,
en cualquier caso, su prístina pureza para ser depositada
en un pedazo de papel, mientras se escucha la ?apoteosis
de risas?, la ?voz de agua? de ?los niños que juegan
en el parque?.
Fervor nominalista: ?Me quedaré muda y estática / si
no sé cantar tu nombre?, le advierte Rocío a la muerte.
Pero está claro que no lo hará. Después de que Guillén
quiso exorcizar a los heraldos negros declarando con tanto
candor como coraje que ?el mundo está bien hecho?, la
poesía no puede sino reflejar lo que alguien, otra vez
Machado, definió como ?las desesperantes posturas que
tomamos/ para aguardar?. Otra cosa es que esas posturas
hayan podido incluir, con todo derecho, admirables
escapadas venecianas.
No es el caso, por supuesto, de Rocío Oviedo, gran
interrogadora de la farola y de la ninfa; del Dios, sobre
todo, al que asegura no interrogará; de la soledad que,
?rama frente al viento?, la obsede; del amor que mendiga,
que por-diosea a una divinidad dueña de ?las llanuras
doradas del horizonte?, al ser tan inalcanzable como ineluctable,
perceptible sobre todo, aunque difuminado, ?en
la mano extendida de los solos?. Poesía de grandes abandonos
y grandes apelaciones, desgarrada en el caos, proclive
al hondo aliento, con arrobamiento progresivo, como
un ?Débil del alba? a lo divino, ángeles incluidos, con expectación
de espíritu, atemporal, que, sin embargo se
refrena, se hechiza gustosamente en lo doméstico.
Hay en esta poesía lo que Rafael Morales llamó ?esta
semilla amante, huracanada/ que me duele en el alma,
aprisionada/ por esta piel, o cárcel o agonía?. Desde
Erasmo sabemos mejor que no hay poesía sin locura. Bienvenido
el delirio del poeta, revelador de esa su verdad última
que tratamos de atisbar, como desde un encantado
recinto al que accedemos por puerta excusada.
Rocío Oviedo y Pérez de Tudela, es grande, y con innumerables
almenas ese ?castillo interior?, que nos dejas
L UIS S ÁINZ DE M EDRANO